No tendrá la adrenalina de un concierto para 100,000 personas, el dramatismo del teatro, tampoco la abstracción colorida de la pintura o una trama tan mágica como la de un libro. Pero la acción de escribir un post es en si misma, ponerse arriba de un escenario.
Una forma de expresión que convierte al escritor desde un contador de historias, filósofo, aventurero, muy frecuentemente un bufón y en ciertas ocasiones un héroe. Aunque muy pocos si no es que nadie, se aventuran a postear por algo grande; sino por simple y puro placer.
Porque el escribir un post provoca una sutil y casi etérea sensación de libertad, ya que solo el autor es el único amo y señor del pequeño guión que sube; una idea tan absurda, brillante, obsena, ingeniosa o soéz, pero una idea producto de la libertad creativa de la persona.
Eso es lo que tiene en común el modesto arte de postear con las grandes expresiones del arte, la inigualable sensación de auténtica libertad que le da al ejecutante. Breve, casi exigüa pero real y reconfortante. Escribir sobre ese escenario electrónico en blanco es casi como volar por unos segundos, tocar una complicada pieza de música o ponerse en los zapatos de un quijote de escenario.

Con la diferencia de que en raras ocasiones se conocerá al espectador de su obra, incluso si en verdad existe tal; si es que lo ha visto, si volverá?. Tampoco se escuchan siempre los aplausos y abucheos, aveces solo queda la sensación de haber lanzado un mensaje al vacío con la esperanza de que lo atrape algún furtivo oyente.
A veces, la rutina, el cansancio, la tristeza y el hecho de pensar que no sirve para nada, llevan a pensar si esa pequeña llama que es el blog debe seguir existiendo. Sin embargo siempre sale el último aliento, en el camerino se prepara el bufón o el sombrero que toque para salir a escena.
Y después, todo es nuevo.









